Antonio Postiguillo Moscardó —más conocido en redes como ToniPostis— trabajó 4 meses en el almacén de Druni en Carlet a través de una ETT. Durante más de 3 semanas advirtió sin parar de fallos críticos de seguridad. Sus superiores le ignoraron. Y cuando más insistió, le despidieron. Días después, los datos de los clientes de Druni circulaban por Twitter.
Hay una historia que llevamos meses queriendo contar. No es una leyenda urbana. No es un "amigo de un amigo". Es la historia real de nuestro CEO, Antonio Postiguillo Moscardó —ToniPostis para quien lo sigue en redes— y de cómo una de las cadenas de perfumerías más grandes de España le ignoró durante más de 3 semanas, le despidió por insistir, y días después vio sus datos de clientes circular por Internet.
Para entenderla, hay que conocer primero a la persona.
Corría finales de 2025. Nuestro CEO llevaba meses intensos entre proyectos de IA, auditorías de seguridad y el crecimiento de InnovaIA. Problemas personales que no vienen al caso, pero que cualquiera que haya construido algo desde cero entiende. Necesitaba desconectar de las pantallas.
Y entonces tomó una decisión que pocos CEOs tomarían: se apuntó a una ETT en España y dejó que le asignaran lo que saliera. No por necesidad económica —InnovaIA facturaba y crecía— sino por una mezcla de curiosidad intelectual y necesidad de resetear la cabeza. Tras años diseñando sistemas de IA para optimizar empresas, quería ver desde dentro cómo funcionaba realmente una gran empresa de logística. Sin filtros. Sin PowerPoints. Sin visitas guiadas de 2 horas. Manos en la masa. 4 meses.
La ETT le asignó destino: Druni, sede Carlet, Valencia. Un centro logístico enorme. Cientos de trabajadores. Miles de pedidos diarios. Decenas de ordenadores. Y —como descubriría pronto— cero conciencia de seguridad.
Antonio aceptó el puesto. Su misión: trabajo de almacén, como uno más. Pero sus ojos —los ojos de alguien que ha auditado decenas de empresas y conoce cada vector de ataque— empezaron a ver cosas que al resto le pasaban desapercibidas.
Una noche, durante su turno, notó algo raro en el ordenador que estaba usando. Comportamiento anómalo en el sistema. Procesos que no deberían estar ejecutándose. Conexiones salientes sospechosas. Las señales que cualquier profesional de ciberseguridad reconoce al instante: alguien estaba dentro de la red.
Antonio alertó inmediatamente a su encargado de turno. Le ignoraron.
Volvió a intentarlo al día siguiente. Le dijeron que no era su trabajo.
Pidió hablar con el jefe inversor de la sede de Carlet. Se lo concedieron. Le explicó quién era realmente —experto en ciberseguridad y CEO de InnovaIA— y lo que estaba pasando en sus sistemas. Le miraron con escepticismo.
Cuando por fin consiguió que le hicieran caso —o algo parecido—, le pasaron con el informático de la empresa. Esperaba una conversación técnica. Esperaba que le preguntaran qué había visto, qué recomendaría, cómo podían proteger sus sistemas.
En lugar de eso, le hicieron 4 preguntas absurdas de cultura general informática. "¿Sabes qué es VMware Workstation?" y otras trivialidades por el estilo. Como si estuvieran evaluando a un becario recién salido de la ESO, en lugar de escuchar a alguien que les estaba diciendo que tenían un atacante dentro de su red.
Ese fue el momento en que lo entendió todo: no le estaban tomando en serio porque en su camiseta ponía el logo de una ETT. Porque había entrado por la puerta de atrás, no por la alfombra roja de consultoría. Porque su aspecto era el de un trabajador de almacén, no el de un CEO con traje y corbata.
Y entonces ocurrió lo que ocurre en demasiadas empresas cuando alguien señala un problema: en lugar de solucionar el fallo, solucionan al mensajero.
Antonio fue despedido. Después de 4 meses currando, después de más de 3 semanas insistiendo —encargado, inversor, informático, jefe del jefe—, después de ofrecer su ayuda gratuitamente para proteger los datos de millones de clientes... le dieron la patada.
Él solo quería ayudar. No pidió dinero. No pidió reconocimiento. Solo quería evitar lo que sabía que iba a pasar. Y por eso le echaron.
Este es el patrón real del mundo corporativo. No es Hollywood donde el héroe es escuchado y aplaudido. En la vida real, al que advierte le echan. Al que señala el agujero le culpan del agujero. Y luego, cuando los datos aparecen en Twitter, se hacen los sorprendidos.
Pero la filtración de datos no fue lo único que pasó. Durante días, los pedidos dejaron de llegar a los clientes. El sistema logístico de Druni colapsó. Los proveedores no recibían notificaciones. Los clientes esperaban sus perfumes, sus cosméticos, sus productos de higiene... y no llegaba nada.
¿La razón? Druni no notificó a nadie. Ni a los proveedores, que seguían sin saber por qué sus envíos no se procesaban. Ni a los clientes, que se quedaban sin sus pedidos y sin explicación. Ni a los trabajadores —los mismos que estaban allí cada día— de que sus datos personales, los que la empresa tenía en sus sistemas de RRHH, también se habían filtrado.
Ni una sola comunicación. Ni un correo. Ni un comunicado interno. Ni una llamada. Los trabajadores de Druni se enteraron de que sus datos estaban expuestos por Twitter. Igual que los clientes. Igual que todo el mundo.
Esto no es solo un fallo de seguridad. Es una violación del RGPD. El Reglamento General de Protección de Datos obliga a cualquier empresa que sufre una brecha de datos personales a notificarlo a la autoridad de control (la AEPD en España) en un plazo máximo de 72 horas. Y si la brecha supone un alto riesgo para los afectados, también están obligados a comunicárselo a ellos.
Druni no hizo ni una cosa ni la otra.
Días después del despido de Antonio, la bomba estalló. Exactamente como él había advertido durante semanas:
🐦 @EnemigoAnonimo_ en X:
"Si eres cliente de Druni, esta gente ha robado tu nombre, apellidos, DNI, dirección, teléfono..."
Nombre. Apellidos. DNI. Dirección. Teléfono. Los datos más sensibles que un ciudadano puede confiar a una empresa. Expuestos. Circulando. Porque durante más de 3 semanas, nadie en Druni fue capaz de escuchar al tipo de la ETT que —oh, casualidad— resultó ser fundador y CEO de una consultora de ciberseguridad ofensiva. Y cuando más insistió, le despidieron.
Lo de Druni no es un caso aislado. Es un comportamiento sistémico que hemos visto repetirse en empresas de todos los tamaños. El caso de Orange España es el ejemplo más brutal a escala nacional:
A las 15:20 de la tarde, Orange España —segundo operador móvil del país— se quedó sin Internet a nivel nacional. Millones de clientes sin servicio durante más de 4 horas. ¿El motivo? Alguien encontró la contraseña ripeadmin en una filtración pública de credenciales y entró en el panel de RIPE NCC, el registrador europeo de recursos IP.
Una vez dentro, el atacante manipuló los ROA (Route Origin Authorization) del sistema RPKI —la herramienta diseñada precisamente para proteger el enrutamiento de Internet— y la convirtió en un arma. Publicó ROA maliciosos con un ASN falso (AS49581) para bloques masivos de direcciones IP de Orange. Los operadores de backbone que aplican validación RPKI rechazaron las rutas. La red nacional se desplomó.
ripeadmin encontrada en brechas de datos públicas.AS49581 → origen falso)/12Y al igual que Druni, Orange seguramente tenía a alguien que "se encargaba de eso". El problema no es no tener a nadie. El problema es creer que con tener a alguien ya estás protegido.
Hacker adolescente accede a sistemas internos de Uber con credenciales encontradas en GitHub. Avisa por Slack a los empleados de que tienen un agujero de seguridad. Uber le paga 100.000 dólares para ocultarlo. En 2018 se hace público. Multa: 148 millones.
Parche para Apache Struts (CVE-2017-5638) disponible desde marzo. Equifax no lo aplica. Mayo: atacantes explotan la vulnerabilidad. 147 millones de personas con sus datos expuestos. Multa: 700 millones de dólares.
La ironía definitiva: el propio instituto nacional de ciberseguridad español sufre un ataque de doxing que expone datos de sus altos cargos. Febrero 2026.
Nuestro CEO no necesitaba ese trabajo de ETT. InnovaIA ya estaba facturando, los proyectos de IA crecían, la consultora se expandía a ambos lados del Atlántico. Aceptó ese puesto porque quería entender los engranajes reales de una operación logística, no la versión de PowerPoint. Su cerebro funciona así: si va a diseñar sistemas de IA para empresas, primero se mete dentro de una para verla desde las trincheras.
Lo que encontró fue un desprecio absoluto por la ciberseguridad que va mucho más allá de Druni. Es un problema cultural:
Cada semana recibimos consultas de empresas que han sido hackeadas. Y en la mayoría de los casos, la conversación empieza igual: "Ojalá os hubiéramos hecho caso antes."
No es casualidad. Es un problema estructural de cómo las empresas españolas —y por extensión, muchas empresas en todo el mundo— entienden la ciberseguridad:
Antonio Postiguillo Moscardó —ToniPostis— estuvo 4 meses dentro de Druni, de los cuales pasó más de 3 semanas diciéndoles exactamente lo que iba a pasar. Habló con el encargado. Con el inversor. Con el informático. Con el jefe del jefe. Cuatro niveles jerárquicos. Cero acción. Y al final, despedido.
Días después, los datos de sus clientes circulando por Twitter.
Si eres responsable de una empresa y estás leyendo esto, no necesitas un máster en ciberseguridad. Necesitas sentido común y humildad:
Después de lo de Druni, en InnovaIA tomamos una decisión. Ya no nos limitamos a advertir. Ahora, si una empresa hace oídos sordos a vulnerabilidades críticas que ponen en riesgo datos de ciudadanos, denunciamos.
No es venganza. Es responsabilidad. Si una empresa no quiere escuchar cuando le decimos que los datos de sus clientes están expuestos, entonces que escuche a la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD). Las multas por no proteger datos personales pueden alcanzar los 20 millones de euros o el 4% de la facturación anual. Y por no notificar una brecha, otros 10 millones adicionales.
Nosotros ayudamos. Muchas veces gratis. Sí, gratis. Por respeto a los dueños de las empresas que conocemos el esfuerzo y sacrificio que hay detrás de cada negocio. Sabemos lo que cuesta levantar una empresa desde cero porque nosotros lo hemos hecho. No te cobramos por señalarte un fallo. Te cobramos por arreglarlo. Y si no puedes pagar, igual te ayudamos. Porque preferimos un ecosistema digital seguro a una factura.
Pero si nos tratas como Druni trató a nuestro CEO —con desprecio, con prepotencia, con un "eso ya lo lleva nuestro departamento de IT" mientras los datos de tus clientes están a punto de aparecer en Twitter—, entonces la próxima conversación la tendrás con la AEPD.
Pongámonos en situación. Eres el responsable de una empresa. Un trabajador temporal —con camiseta de ETT y todo— te dice que ha encontrado fallos graves de seguridad en tus sistemas. Te explica que es experto en ciberseguridad, que tiene un máster en IA, que es CEO de una consultora tecnológica. Te dice que te puede ayudar.
¿Le escuchas? ¿O haces como Druni?
Porque la respuesta a esa pregunta define lo que va a pasar después. Si le escuchas, quizás descubras que tienes un problema y lo soluciones a tiempo. Si le ignoras —y peor aún, si le despides—, quizás dentro de unas semanas seas tú el que aparece en Twitter. O en la AEPD. O en ambos sitios.
Antonio Postiguillo Moscardó solo quería ayudar. Terminó despedido. Los datos de los clientes de Druni terminaron filtrados. Tú decides qué final quieres para tu historia.
Hoy Druni sigue operando. Sus tiendas siguen abiertas. Pero los datos de sus clientes —nombre, DNI, dirección, teléfono— ya no les pertenecen. Están en manos de quien sabe quién. Y todo porque durante 4 meses, cuatro niveles jerárquicos distintos fueron incapaces de escuchar al tipo de la ETT. Y cuando este insistió demasiado, lo despidieron.
A veces las apariencias engañan. Detrás de una camiseta de trabajo temporal puede estar el CEO de una consultora de ciberseguridad con máster en inteligencia artificial. Y si esa persona te dice que algo va mal en tus sistemas, quizás —solo quizás— deberías escucharle.
Porque como demuestra esta historia, el precio de no hacerlo se mide en datos de clientes filtrados, en millones de euros en pérdidas, y en una reputación que ya no se recupera.
¿Crees que tu empresa está realmente protegida?
No esperes a ser la próxima Druni. No esperes a que tus datos aparezcan en Twitter.
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📚 Referencias y fuentes:
🐦 @EnemigoAnonimo_ — Filtración de datos de clientes de Druni →
🔬 LACNIC — Análisis forense del ataque BGP/RPKI a Orange España →
📰 El País — Orange sufre caída de Internet en toda España →
🛡️ Vumetric — BGP Havoc: Orange Spain RIPE Account Hijack →
🏛️ Digital Perito — Hackeo y doxing a altos cargos de INCIBE (2026) →
📊 INCIBE — El 54% de pymes españolas ha sufrido un ciberataque →